Cualquier persona que forme parte del mundo del adiestramiento ha tomado conocimiento del enfrentamiento conceptual que recurrentemente se presenta entre enfoques cognitivistas y conductistas. Resulta lamentable que el estado de la controversia se encuentre altamente empantanado. Si bien los debates y las críticas, nunca dejan de ser espacios que potencialmente pueden aportar un avance del conocimiento, no parece que esto sea muy probable en el mundo del adiestramiento. Más bien todo lo contrario. Cada posición parece replegarse sobre sí misma, pero sin muestras de abrirse a un intercambio productivo. Si bien esta reclusión y este empantanamiento, claramente responden a un fenómeno complejo en el que participan múltiples factores, también resulta claro que uno de estos factores es la ausencia de definiciones objetivas sobre la terminología que se utiliza. Uno de los ejemplos más evidentes es el término conducta. Los enfoques cognitivos, cuando critican a los enfoques conductuales, cometen un error al adoptar la definición de conducta más restrictiva que podemos encontrar: la del lenguaje ordinario. Digo que cometen un error porque esta no es la definición que asumen los enfoques conductistas. Habitualmente, en el lenguaje ordinario, solemos llamar conducta, únicamente, a los movimientos públicamente observables. Pero el análisis funcional de la conducta, propone una definición amplia de conducta que se extiende a todo lo que hace un organismo. De esta manera, para los conductistas el término conducta incluirá, obviamente, a la conducta públicamente observable (la que maneja el lenguaje ordinario), pero también incluirá a la conducta encubierta y privada (por ejemplo, pensar y emocionarse). El motivo por el cual los conductistas piensan como conducta, a fenómenos psicológicos inobservables tales como el pensar y el emocionarse, es simple: no se ha encontrado que tales fenómenos sean de una naturaleza distinta al comportamiento observable. Esto significa que el pensar y el emocionarse pueden explicarse por los mismos principios por los que se explica la conducta públicamente observable (condicionamiento clásico y operante). En términos metafóricos, si la base del iceberg (la que no vemos a simple vista), también es iceberg, ¿por qué deberíamos llamarla de otra manera?

Dudo que un conductista tenga inconvenientes en llamar con otro término a fenómenos psicológicos que no puedan ser explicados mediante los mismos procesos por los cuales puede explicarse el comportamiento públicamente observable. Pero claramente, los conductistas sostenemos que, mientras sí puedan explicarse por los mismos principios, seguiremos hablando de conducta manifiesta, encubierta o privada, según corresponda.

Lo dicho hasta acá, debería aclarar que la tan frecuente crítica que recae sobre los conductistas, como personas que desatienden o hasta niegan la existencia de pensamientos y emociones, se encuentra fuera de lugar.

Muchas de estas críticas, controversias y debates improductivos, podrían evitarse, o tornarse más productivos, con una sola pregunta. ¿Qué definición de conducta estamos considerando? ¿Amplia o restringida?

Continuaremos avanzando con más mitos que dificultan un intercambio productivo entre conductistas y cognitivistas.

Gustavo Bianco
Adiestrador Canino AF
Lic. en Psicología