Una buena parte de los profesionales que se desempeñan en el campo de la conducta canina sostiene que los motivos de consulta por los cuales las personas demandan nuestros servicios deben ser abordados como la manifestación externa de desórdenes internos. Bajo esta “filosofía de abordaje” resultará clave identificar la causa interna, y generalmente oculta, que se exterioriza a modo de ladridos, mordidas, destrozos, desobediencia, miedos, y demás comportamientos indeseables. Para estos profesionales, el abordaje de las manifestaciones conductuales, sin la consideración de la causa interna que le da origen, es tan ingenuo y peligroso como pretender controlar una infección con un simple antifebril. Desde esta perspectiva, el motivo de consulta será considerado como la punta del iceberg, como las olas del mar en relación con las corrientes submarinas profundas.

Los educadores caninos que trabajen desde la perspectiva de la punta del iceberg se preguntarán por qué el perro hace lo que hace. Al mismo tiempo, se dirigirán técnicamente hacia otras áreas del comportamiento, dado que la causa que provoca el desorden se encuentra oculta y en otro lugar al de la manifestación. De acuerdo con esto, no resultará extraño, que los educadores se mantengan relativamente desenfocados del motivo de consulta por el que han sido convocados y, se mantengan hiperatentos a cualquier indicio que pueda vincularse de alguna manera con “el lado oscuro del iceberg”.

Sin embargo, aun cuando el enfoque de la punta del iceberg se encuentra muy generalizado, no es el único abordaje posible. Existe abundante evidencia, surgida en el campo de la psicología experimental, que se ha alejado del modelo de la causalidad lineal, según el cual “lo interno”, lo mental, lo cognitivo, lo profundo, causa “lo externo”.

“En la ciencia, los términos «causa» y «efecto» ya no se utilizan tan ampliamente como en el pasado. Han sido asociados con tantas teorías de la estructura y funcionamiento del universo que significan más de lo que los científicos pretenden decir; sin embargo, los términos que los sustituyen se refieren al mismo núcleo de hechos. Una «causa» equivale a un «cambio en una variable independiente» y un «efecto» a un «cambio en una variable dependiente». La antigua «relación causa-efecto» se convierte en una «relación funcional» (Skinner, 1977, p. 53). 

El análisis funcional de la conducta propone un enfoque claramente diferenciable al de la punta del iceberg. Para presentarlo en palabras muy simples, aunque algo imprecisas, no se tratará de una causa, sino de muchas. Paralelamente, no se tratará de causas internas al organismo, sino también externas. En tercer lugar, no se trata de una causa fija y permanente, sino de causas que formarán parte de relaciones dinámicas que podrán variar momento a momento. En términos un poco más técnicos, los factores que predisponen, originan y mantienen el flujo continuo que denominamos comportamiento, se encuentran dentro y fuera del organismo, y suelen variar de un contexto a otro. 

La perspectiva del análisis funcional de la conducta permite entender, por ejemplo y entre muchas otras cosas, las razones por las cuales muchos comportamientos evitativos crónicos (las denominadas fobias) se mantienen por factores diferentes del que le han dado origen (la supuesta causa desde el enfoque de la punta del iceberg).  

Desde la perspectiva del análisis funcional de la conducta, los educadores se enfocan en los comportamientos a modificar, no para considerarlos una mera expresión de un desorden interno y profundo, sino para analizarlos a la luz de las múltiples variables de las cuales son función. 

Si se permite la metáfora, la tarea del educador canino desde la perspectiva de la punta del iceberg, podemos compararla con la tarea de un detective que se encuentra en la búsqueda de un tesoro oculto e imprescindible para liberar a los perros y a las personas de las conductas problemáticas (“por añadidura”); mientras la tarea del analista de conducta podemos compararla a la de un malabarista que, basado en los principios del aprendizaje, deberá ganar habilidad y oportunismo para adecuar su destreza a un contexto presente, en el que se entrecruzan los múltiples factores que momento a momento determinan ese flujo continuo que denominamos comportamiento públicamente observable.

Presentadas ambas posturas, ¿qué tal si intentamos avanzar un paso más en la comprensión de estas posturas que tocan de cerca nuestra práctica laboral? Por ejemplo, dado que la adherencia hacia una u otra perspectiva es conducta, podríamos preguntarnos por qué un educador trabaja desde un enfoque o desde el otro. ¿Dónde está la causa? O si se prefiere, ¿cuáles son las variables y las relaciones funcionales que modulan la elección del educador en uno u otro sentido? Pero para que no se haga tan largo, sobre esto avanzaremos en otro capítulo.

Presentadas ambas perspectivas desde una primera aproximación, en artículos posteriores intentaré avanzar un paso más sobre la comprensión de estas diversas posturas, que tocan muy de cerca nuestras decisiones laborales. 

¿Y tú? ¿Desde qué perspectiva trabajas? ¿Te sientes más detective o malabarista?

Gustavo Bianco
Adiestrador Canino AF
Lic. en Psicología